La pálida luz del día
acrisolaba el camino blanco como la muerte
con espinas de cactos sin flores.
Por la tierra amarilla el polvo corría
su bajo designio con melancolía.
Una piedra roja está envuelta por una orla azul
sobre otra roca más grande de color gris.
Mis pasos no le restan espacio al camino largo
pero no doy dos en el mismo sitio y las huellas
de mis zapatos marrones se pierden detrás de mí
en una distancia que nunca he recorrido.
Paso junto a una flor que no me mira
porque está henchida de sí misma contemplando su rostro
de pétalos macerados en el rocío de moléculas corrosivas.
Cuando me doy cuenta de la flor
ésta ya se ha perdido sobre una de mis huellas
y apenas puedo verla en la lejanía de aquella curva
que no tomé porque mi camino es siempre recto.
Vuelvo la cabeza tropezando con la vista en una montaña
que amenaza derrumbarse sobre mí mientras gira
oscilando su falda hacia adelante y su cumbre hacia atrás
o su cumbre hacia adelante y su falda hacia atrás.
El aire es una lente que converge las imágenes
o las diverge sin avisar del nuevo cambio
que influye en mi equilibrio isócrono.
Quiero pararme pero no dejo de recorrer
el camino pulsante moviéndose en el sentido
contrario a la dirección de mis ojos
y por eso creo que voy hacia adelante.