Cuenta la leyenda que la pirámide de Keops oculta un tesoro de conocimiento inimaginable, que quien lo encuentre hallará respuesta a todas las preguntas, que ahí estarían los secretos del origen y destino de la humanidad junto con toda la sabiduría que imaginarse pueda.
Y digo yo que tal vez todo ese acerbo de conocimiento no esté depositado en ninguna cámara secreta, sino en la propia pirámide. Y diría más: tal vez sea la propia pirámide.
Según esta juguetona hipótesis, Keops vendría a ser una sólida demostración de las propiedades de una pirámide cuadrangular cuya altura es el radio de una circunferencia de igual longitud que el perímetro de la base. Eso ya nos dice bastante, porque partiendo de esa simple condición podemos encontrar al número pi (su aproximación 22/7) escribiendo la fracción en su mínima expresión tal que así:
Y el supuestamente más que viejo “acertijo de la cuadratura del círculo” podría ser la “pista” para descubrir la proporción áurea. Ya llevamos dos constantes matemáticas universales. Si eso no es conocimiento de primera clase, ¿qué otra cosa podría ser?
Por otra parte tenemos que hay que emplear el algoritmo, o fórmula que hoy conocemos como “Teorema de Pitágoras”, para hallar la proporción áurea en Keops, porque es lo que nos permite calcular la altura de la pirámide formada por los cuatro triángulos iguales cuya apotema es la altura de la propia Keops y cuya base es también la base de Keops. Y la altura de Keops, dividida entre la de esa otra pirámide que hemos llamado “cuadratura”, da como resultado la razón áurea.
También parece que lo verdaderamente relevante no son las medidas de la pirámide, sino sus proporciones. No es tan importante que mida 280 cr de altura como que 280 sea proporcional al numerador de la aproximación hallada a la razón áurea. La altura es, por tanto, la clave principal a partir de la que hay que acceder al conocimiento. Y la altura es tal, que es lo primero que cualquiera se pregunta al verla. A la leyenda de Tales de Mileto me remito.
Pero todavía me parece más impresionante las aproximaciones a pi y a la razón áurea phi que se desprenden de la pirámide, porque permiten obtener numeros enteros con los cálculos, enfatizando un supuesto mensaje que vendría a hablarnos de la perfección en la geometría y en las matemáticas. Pero más impresionante aún es que lo que nos dice Keops está escrito en un lenguaje que, según se afirma, es el más universal posible: las matemáticas. ¿O qué idioma crees que podría haber sido utilizado para plasmar ese supuesto conocimiento que alberga esa supuesta “cámara secreta”? Tuvimos la suerte de hallar la piedra de Rosetta para poder descifrar los jeroglíficos, y no obviemos el tiempo que el manuscrito Voynich ha estado considerado como imposible de traducir, a pesar de que ha resultado estar escrito en una lengua posterior al latín llamada “protorromance”. Un idioma completamente desconocido y sin referencias lingüísticas de ningún tipo sería imposible de traducir e interpretar.
Como esto solo es un juego, diremos alegremente que la pirámide de Keops podría ser una sonda en el tiempo para comunicar valiosos conocimientos a través de los siglos. Desde la Tierra hemos enviado sondas al espacio, como las Voyager y las Pioneer. Tal vez una antigua civilización decidiera enviar una pirámide, o un conjunto de pirámides más una enigmática esfinge —que mira hacia donde gira la Tierra— a través del tiempo, como intento para perpetuar una sabiduría que debía ser recuperada cuando terminasen los cataclismos, ya fuesen naturales o artificiales, que los iban a hacer desaparecer.
No nos extraña en absoluto enviar mensajes al espacio profundo, codificados de la manera en que pensamos serán comprensibles para cualquier inteligencia que por lo menos sepa contar hasta dos, y nos parece completamente inverosímil encontrarnos un mensaje parecido en nuestra propia casa, dirigido a cualquier inteligencia que sepa contar por lo menos hasta cuatro. Un poco más de modestia no nos vendría mal, puede que no seamos los primeros seres capaces de medir la Tierra que hayan puesto el pie en ella. El orgullo desmedido no ayuda a encontrar la verdad, más bien al contrario. Sí, las distancias espaciales son inmensas, pero no lo sabemos todo sobre el tiempo. También puede que no viniesen de fuera del Sistema Solar, y a lo mejor tampoco eran de fuera de la Tierra. Pero si hasta hemos llegado a proyectar un posible viaje en una nave autosuficiente, para que la enésima generación sea la que consiga llegar a un planeta lejano. Hay cosas que, hoy por hoy, no podemos saberlas con certeza y por eso no deberíamos adoptar posiciones extremistas.
Una vez que en nuestro juego hemos dado por demostrado que los números pi y phi forman parte de los conocimientos transmitidos por la más grande de las pirámides de Giza, lo normal es preguntarse si hay más conocimientos “ocultos” en Keops (además de en las otras dos pirámides y la esfinge) y cuales podrían ser. Según dicen, un universo de solamente tres dimensiones no tendría movimiento; para entender un cubo de cuatro dimensiones, a veces lo representamos como un objeto que se mueve. El tiempo lo medimos a partir del movimiento, ya sea de las manecillas de un reloj, de las vibraciones de los átomos de algún elemento, o de los cuerpos celestes. (Un inciso: se me ha ocurrido preguntarme si el tiempo y el movimiento no serían la misma cosa vista con diferente perspectiva —como el círculo que se cuadra en una pirámide—, dado que en el Universo todo se mueve y que, según la Relatividad de Einstein, la velocidad del movimiento afecta al tiempo. Que la ciencia me perdone si acabo de expresar una barbaridad, pero a veces me gusta jugar a buscar explicaciones por mi cuenta sin preocuparme por mis escasos conocimientos). Por otra parte, análogamente a como un cubo de 3 dimensiones está formado por 6 cuadrados de 2 dimensiones, un hipercubo de 4 dimensiones está formado por 8 cubos de 3 dimensiones, y en un hipercubo de 7 dimensiones hay 280 hipercubos de 4 dimensiones. No sé si llamarlo casualidad o curiosidad, pero aquí tenemos el 4, el 7 y el número 280 nuevamente relacionados. Me gustaría tener suficientes conocimentos matemáticos como para poder jugar con estos conceptos, pero como no los tengo, y no creo que ya pueda adquirirlos, no me queda más remedio que esperar a que la suerte me permita hallar la opinión de alguien que sí los tenga y además también se le haya ocurrido jugar con una pirámide cuadrangular, con el perímetro de la base igual a la circunferencia obtenida con la altura como radio, dándole a la altura el valor del producto de la diagonal de cierto cubo por la razón áurea.
Ya he avanzado en el capítulo dedicado al tetragrama que se puede jugar a interpretar los símbolos que la geometría proporciona, empezando por el punto que se transforma en círculo, identificable con el uno, y un primer diámetro que nos hablaría del dos. La adición del uno y el dos es el tres, constituyente del triángulo indeformable, con tres lados que son uno (el propio triángulo). Un segundo diámetro en el círculo, perpendicular al primero, completaría las cuatro direcciones del plano y la cruz. El centro del círculo quedaría localizado, identificado, en el punto donde se cruzan los dos diámetros. A partir de aquí es posible orientarse. El Sol atraviesa el círculo celeste de Este a Oeste, y la perpendicular a ese recorrido indica el Norte y el Sur. En este punto, cualquier lugar en la superficie terrestre puede ser considerado el “centro” del mundo, porque el girar de la Tierra sobre sí misma sitúa a cualquier punto de la Tierra en determinados momentos sobre el díametro que recorre el Sol según es percibido desde el suelo. Todas las civilizaciones tienen su centro del mundo de una forma u otra: Roma, Jerusalén, Teotihuacán, etc.
Supongamos que aceptamos como ciertas todas las características de Keops que hemos descrito: Su situación a treinta grados Norte, su altura de 280 unidades, el perímetro de su base igual a la circunferencia cuyo radio es la altura, la “cuadratura del círculo” y la casi perpendicularidad de los rayos solares a la cara sur en el solsticio de invierno en el hemisferio norte, y que un metro es el radio de la circunferencia de doce codos reales. Unamos a esto que un año son 365,25 días, cifra muy próxima a los 360 grados de la circunferencia, que la Luna es cuatrocientas veces más pequeña que el Sol y está cuatrocientas veces más cerca que el Sol, y que la eclíptica la dividimos en doce partes de unos treinta grados cada una, igual que los meses del año, doce de unos treinta días cada uno. Si aceptamos todo esto como cierto, la casualidad queda prácticamente fuera de lugar. Que todas esas coincidencias alrededor de Keops sean producto del puro y simple azar es una posibilidad extremadamente pequeña, es “casi” imposible. Y si descartamos lo imposible ¿qué nos queda?
Pues tal vez nos quedaría jugar a que el mensaje de Keops sea que, efectivamente y como dicen algunas religiones, nuestro mundo haya sido creado, construido, con unas determinadas características basadas en un proyecto, cuya demostración son las extraordinarias casualidades presentes en la situación, orientación y medidas de una pirámide que no es cualquier pirámide, sino precisamente la que tiene el perímetro de su base cuadrada igual a la circunferencia cuyo radio es la altura.
Espero que si alguien se basa en lo que aquí escribo para crear una película de ciencia ficción o una serie de exito, se acuerde de mí en cuanto a royalties se refiere.