Hasta el momento hemos tratado la pirámide de Keops como si sus caras estuviesen formadas por cuatro triángulos, pero sucede que en realidad lo están por ocho. La apotema de cada cara se hunde hacia el interior de la pirámide en un ángulo de 27' (0.45°) lo que significa que las dos semi-caras forman entre sí un ángulo de 179° 4' o 179.0667°. Esto hace que la longitud de la base entre las apotemas opuestas se acorte entre 60 y 90 centímetros por lado (entre 1.20 y 1.80 metros en total). Pasándolo a codos reales me inclino por 12/7 por cara o 24/7 en total. Esto es prácticamente imperceptible, aunque las mediciones del egiptólogo Flinders Petrie ya parecían indicarlo. Fue gracias a una fotografía tomada en 1934 atribuida a la R.A.F. británica que este efecto quedó demostrado visiblemente. Aunque parece ser que la fecha de la fotografía no está demasiado clara, ya que unos hablan del 21 de marzo de 1934 (equinoccio de primavera en el hemisferio norte), pero otros más observadores se fijan en que la cara norte está algo iluminada según el ángulo de la sombra, cosa de que no debería suceder en los equinoccios sino más bien en los solsticios, y deducen que esa fotografía no pudo haber sido tomada en un equinoccio sino probablemente un 23 de Mayo o un 22 de Julio. La cara Sur es la que presenta el “efecto relámpago” (se ve dividida en dos). Los rayos solares inciden desde el Oeste estando el Sol bastante bajo, lo que parece corroborar la hora atribuída a la fotografía, las 18:00 —aunque también hay quien dice que a esa hora aún debería estar más bajo— y a la derecha está la cara Este. La cara Norte no es visible desde la posición del avión. De cualquier forma, la doble cara queda patente y con eso es suficiente.
La explicación que parece más universalmente aceptada es que esta división de las caras en dos planos permite un llamativo efecto óptico en los equinoccios, llamado efecto relámpago, que consiste en una especie de destello producido sobre la cara sur al amanecer y al atardecer, en el momento en que la luz del Sol pasa de una semi-cara a la otra. Si tenemos en cuenta que la pirámide estuvo recubierta de losas perfectamente pulidas, en esas condiciones el efecto debió ser impresionante. Pero, ciertamente, no podemos saber si el recubrimiento en realidad anulaba este efecto, rellenando el ángulo en lugar de potenciarlo.
Es como si “El Horizonte de Jufu” no fuese una única pirámide, sino varias relacionadas entre sí, aunque visiblemente solo aparezca una. De momento ya hemos encontrado que con los triángulos formados sobre el plano de su corte a lo largo de la apotema podemos jugar a la cuadratura del círculo, formando otra pirámide cuya menor altura encaja en la proporción áurea respecto a la altura original, pero sin tener en cuenta la “concavidad” de sus caras. Y ahora nos encontramos con otra pirámide de ocho caras que pareciera haber sido diseñada para destacar los equinoccios, así que ya llevamos “tres en una”.
En este juego, las ocho caras únicamente suponen un indicativo de los equinoccios y, por supuesto, una demostración más de la precisión con que la pirámide fue construida. Otra demostración de precisión, según he leído, es que la desviación de su hipotético vértice sobre el centro de la base sería únicamente de unos seis milímetros, algo sin duda digno de admiración caso de poder comprobarse, pero personalmente sospecho que esto es más bien pura especulación, porque no creo que pueda determinarse el lugar exacto que ocuparía el vértice de la pirámide, así que esto lo veo más bien como una forma de “arrimar el ascua a la sardina”.
Como nadie que aún viva estuvo allí para verificarlo, ese “efecto relámpago” no necesariamente tuvo que ser exactamente calculado. Puedo imaginar un diálogo parecido al siguiente entre el sacerdote, o jefe supremo del proyecto, y el capataz encargado de dirigir a los obreros:
CAPATAZ. Jefe, las apotemas nos han quedado algo hundidas.
JEFE. ¿Cómo? ¿Las cuatro?
CAPATAZ. Las cuatro. ¿No te acuerdas que trazamos la orientación de la cruz central de la base con la misma cuerda? Debió mojarse y encoger.
JEFE. (Exclamando ampulosamente) ¡Los dioses se sentirán decepcionados!
CAPATAZ. Ni se te ocurra pensar en desmontarla y volverla a montar. Nos hemos dado cuenta cuando vamos casi por la mitad, y esto sigue adelante tal y como está o te enfrentarás a una huelga. Además, a Anubis le va a dar igual; Osiris, Isis y Seth están a lo suyo, y Ra seguirá viendo un gran cuadrado desde el cielo.
JEFE (En voz baja) En verdad me preocupa el faraón, no vaya a ser que le dé por cortar cabezas y empiece por las nuestras.
CAPATAZ. (En voz más baja aún) Ah. Tranquilo, ni se va a dar cuenta. A simple vista no se nota.
JEFE. ¿Seguro?
CAPATAZ. Y tan seguro. Lo que yo te diga. ¿Se va a poner el faraón a medir la base? Eso no es digno de un dios. Y aunque se pusiera, no sabe distinguir un codo de su rodilla… (je, je).
Y llegó el día de la inauguración, equinoccio de primavera. Al amanecer, Ra iluminó primero una semi-cara, luego la otra, y el murmullo de admiración procedente del gentío retumbó en la explanada como la voz de Anoukis, que habla con estruendo allí donde las aguas del Nilo caen desde lo alto.
CAPATAZ ¡Por todos los escarabajos peloteros! ¿Has visto eso?
JEFE ¡Increíble lo de las apotemas! Ahora mismo voy a pedirle al faraón que tallen mi nombre para la posteridad.
CAPATAZ. ¡Ja! Que tengas suerte. No te lo crees ni tú, Imhotep.