Las coincidencias de la pirámide de Keops no son que de sus dimensiones se pueda obtener el número pi y la razón áurea phi, o que el área de cada una de sus caras sea casi igual al cuadrado de la altura ni nada de eso. Ni siquiera la supuesta “cuadratura del círculo” que hemos jugado a encontrar. Todo eso es consecuencia lógica de que el perímetro de la base es igual a la circunferencia cuyo radio es la altura, no hay más que verlo para darse cuenta. Las verdaderas coincidencias de la pirámide de Keops, en opinión de quien esto escribe, serían:
La unidad de medida
Un codo real es 0.5236 m = pi/6 m, por lo que el metro es el radio de una circunferencia de doce codos reales (no diez ni catorce, sino precisamente doce), teniendo como consecuencia que la distancia de la pirámide al ecuador medida en codos reales es casi la misma cifra que el radio de la Tierra medido en metros.
La altura
La altura es casi proporcional a la menor distancia Tierra-Sol (perihelio) en una escala de 109, pudiendo proceder bien de una estrella de siete puntas inscrita en un círculo de 229 cr de radio (o 120 m), o bien del producto de la razón áurea por la diagonal de un cubo de 100 cr de lado.
Los rayos solares en el solsticio de invierno del hemisferio norte
Los rayos solares inciden casi perpendicularmente al plano de la cara sur a mediodía del solsticio de invierno en el hemisferio norte, más cerca de los noventa grados cuanto más próximo a su mínima inclinación se encuentre el eje de rotación terrestre. Esto sucede estando la pirámide situada casi a 30° norte, latitud equidistante (en línea recta) del Polo Norte y del centro de la Tierra. Además, la inclinación de las caras es la de toda pirámide cuadrangular que cumpla la condición de que el perímetro de la base sea igual a la circunferencia que tiene como radio la altura.
Por lo que se refiere a la orientación de sus caras casi exactamente a los cuatro puntos cardinales y a la nivelación de la base, la cual permite considerar la altura como prolongación del radio terrestre, no creo que sean simples casualidades, sino más bien consecuencia directa de la precisión con la que fue construida.
Dándole vueltas a estas coincidencias, se me ocurrió jugar a imaginar como sería un mundo perfecto, o mejor, casi perfecto. Un planeta en el que cada giro sobre su eje constituyera a su vez un grado de desplazamiento en la órbita alrededor de la estrella, casi como la Tierra, que tiene un año de 365.25 días, con lo que un día viene a ser 1.015° de desplazamiento en una órbita circular, aunque sabemos que la órbita terrestre no es circular, sino casi circular. Un planeta cuyo eje de rotación estuviese inclinado sobre el plano de su órbita, lo que permitiría extender la zona de “cómoda habitabilidad” hasta bastante cerca de ambos polos, y con un satélite, la Luna, que permitiera mantener esa inclinación estable, dentro del margen de unos tres o cuatro grados. Un satélite de rotación síncrona cuyo tamaño fuese 400 veces más pequeño que el de la estrella, pero que también estuviese 400 veces más cerca del planeta que la estrella. Estas características permitirían dividir el periodo orbital (año) en doce partes de 30 días (o “grados”), y debido a la inclinación del eje de rotación, sólo en dos días concretos del año (los equinoccios) la estrella aparecería justo por el Este y desaparecería justo por el Oeste. La inclinación del eje también daría lugar a un día con más horas de luz que ningún otro día del año y a una noche con más horas de oscuridad que ninguna otra noche del año, que son los solsticios. Los giros del planeta alrededor de la estrella serían ideales para llevar la cuenta del tiempo, que es como llamamos al continuo devenir de sucesos de toda índole. Pero los giros del satélite alrededor del planeta también permitirían dividir cada periodo de 30 días (mes) en cuatro períodos de 7.5 días, que podríamos redondear a los siete días (número “mágico”) de la semana. Es curiosa la coincidencia de este mundo imaginario con el calendario egipcio que se menciona en los llamados Textos de las Pirámides, el cual constaba de 365 días, repartidos en 12 meses de 30 días (360 días o “grados”), más 5 días que se añadían al final del último mes. Esos cinco días “extra” parece ser que se dedicaban a celebraciones relacionadas con sus dioses y a diversas fiestas, como si fuesen días sobrantes, necesarios para “cuadrar el año” pero irrelevantes, ya que estarían fuera del círculo perfecto de 360 días. Ese calendario dividía los meses en tres períodos de diez días, siendo las potencias de diez las utilizadas para representar los números más grandes.
También es coincidencia que desde tiempos muy antiguos el recorrido de la Tierra alrededor del Sol haya estado marcado por doce constelaciones, a las que llamaron (aún hay quienes lo siguen haciendo) Zodíaco y que ahora llamamos Eclíptica. El surgimiento de cada una de esas doce constelaciones por el este marcaba el comienzo de un nuevo período de unos treinta días, que no tiene por qué ser coincidente con un mes del calendario, y la observación de que a través de los siglos no sea la misma constelación la que aparece siempre el mismo día del año, ha contribuido a que nos demos cuenta de que el eje de rotación se mueve (“cabecea”), lo que hemos llamado “precesión de los equinoccios”. La astrología sigue diciendo que al comienzo de la primavera el Sol se “proyecta” sobre Aries, cuando en la actualidad lo hace sobre Piscis, dado el tiempo que ha pasado desde que los primeros astrólogos hicieron sus cálculos. Pero es curioso que la astronomía siga hablando del “punto Aries” para referirse al punto vernal, que es por donde el Sol parece “atravesar” la eclíptica (o el zodíaco) cuando “pasa” del hemisferio sur celeste al del norte celeste. En ese momento comienza la primavera al norte del ecuador terrestre y el otoño al sur. Recordemos que, en la antigüedad norteña, el año comenzaba con la primavera.