Sé que la curiosidad, esa arma de doble filo, no dejará de inducirme a buscar respuestas mientras dure el tiempo que me haya sido prestado.
Érase una vez un joven curioso que dibujaba polígonos regulares inscritos en circunferencias. No tuvo demasiados problemas con el triángulo, el cuadrado, el pentágono —aún lo recordaba del colegio— y el hexágono, pero el heptágono parecía imposible; “siete es difícil”, de modo que fue resuelto con ayuda de una regla transportadora. Geométricamente hablando no sería muy ortodoxo, pero el objetivo tenía prioridad sobre los medios. Midió más o menos 51.5 grados, tomó la distancia con el compás y, tras algunas pequeñas correcciones, logró dividir la circunferencia en siete partes aceptablemente iguales. Hay que decir que el radio era de doce centímetros, teniendo la cartulina más de cuarenta por un lado y superando los cincuenta por el otro: un pedazo de dibujo en toda regla. Trazó las dos estrellas de siete puntas y midió distancias, por curiosidad. Una de esas distancias resultó ser de 147 mm aproximadamente.
—¿Ciento cuarenta y siete? ¡Pero si eso viene a ser la altura atribuida a Keops en metros!
Sería absurdo pretender aportar algo nuevo a todo lo que se ha dicho y escrito sobre la Gran Pirámide de Giza. Esto es únicamente para recopilar y ordenar mis ideas al respecto, que no considero especiales ni originales sino, a lo sumo, entretenidas.