Si quienes escribían manualmente eran amanuenses, quienes escribimos digitalmente seremos…
 Logo de Digituenses

 Un micrófono

COVID-19. ¿Defensa de la Tierra?

La nueva peste internacionalmente llamada Coronavirus disease 2019, o Enfermedad del coronavirus 2019, está causada por un virus dado a conocer en el año 2019 como SARS-CoV-2. Cuentan que el micrococo es nuevo en esta plaza y que ha nacido a partir de otros virus, que han ido mutando dentro de algunos animales hasta llegar a infectar a las personas. A uno se le ocurre parafrasear a don Antonio Machado (nada menos) diciendo: La pandemia ya ha venido. / Nadie sabe como ha sido.

Ante semejante azote de muerte y sufrimiento para la mayoría humana, pero también fuente de oportunidades para una minoría ferozmente cruel, capaz de especular hasta con lo más indispensable para la supervivencia (agua, alimento, cobijo, medicina, incluso el aire de los respiradores), y contraria a la toma de medidas para evitar la propagación de la enfermedad porque quizás menguasen algo sus arcas repletas de dineros, mi imaginación —a veces cansada, a veces ausente— tomó impulso a sus anchas como hacía cuando era niño, ocupando el vacío que mi mente consciente estaba experimentando, parada en seco al no poder asimilar la existencia de seres vivos manifestándose y actuando en contra de la vida. No tardó en surgir una historia inventada, aún con las palabras intangibles, fugaces, casi transparentes, que no quiero guardarme solo para mí porque para eso, entre otras cosas, construyo en este sitio web.

¿Alguna vez te has preguntado cómo percibe el mundo un ser de otra especie? Una gatita con sus crías, un perro, un gusano, una gallina, una ameba, insectos, delfines, pulpos, medusas, ballenas, pingüinos, supuestas inteligencias extraterrestres… Phillip K. Dick se ocupó de eso en varias de sus obras, tal vez te pueda resultar interesante si no lo conocías.

Es el caso que en mi imaginación tomó forma un universo solitario, aburrido, cuyo poderoso tropismo le llevó a desarrollar, al cabo de un tiempo inabarcable e inconmensurable —aún no había nada que pudiese medir el tiempo—, unos mundos a los que luego llamaríamos planetas, que orbitaban unos astros a los que más tarde llamaríamos estrellas, que formaban estructuras enormes a las que acabaríamos llamando galaxias, que a su vez formaban cúmulos y otras estructuras aún más inmensas que al fin daban forma al universo mismo que las había creado.

La energía de las estrellas se dispersaba hacia todas partes como luz, calor y otras formas de radiación. Los planetas nacían a partir de los materiales enfriados procedentes de las explosiones de estrellas gigantes, que colapsaban cuando la pérdida de materia, debida a la continua radiación, acababa por romper su equilibrio gravitacional.

Cada planeta se formaba a partir de los materiales eyectados por las estrellas explosionadas que le tocaban en suerte. Unos eran conglomerados de gases; otros, unas grandes rocas; otros, heterogéneas mezclas de elementos. Los había con núcleo sólido y corteza gaseosa. La conformación del planeta dependía también de su distancia a la estrella y de la fuerza de la radiación de la misma. Si el planeta estaba cerca y la estrella brillaba mucho, se convertiría en una bola achicharrada; si demasiado lejos, en un mundo congelado.

Entre la enorme cantidad de planetas que las explosiones estelares fueron produciendo a lo largo de un tiempo imposible de medir, surgió al menos uno al que le tocó en suerte una mezcla muy especial de los materiales que lo componían. Albergaba mucha agua, que en estado sólido podía cubrir una gran parte de su superficie. En el estado gaseoso el agua se elevaba en la atmósfera para, al enfriarse, precipitarse en forma líquida. El agua acabó formando mares, ríos, lagos, glaciares, y cubriendo en forma sólida las zonas que rodeaban a ambos extremos del eje de rotación del planeta. La distancia a la estrella era la ideal para que las temperaturas en algunas áreas de la superficie fuesen suficientemente suaves como para permitir que el agua permaneciese líquida y estable, bastante por debajo del punto de ebullición y algo por encima del punto de congelación.

En ese afortunado planeta se fue desarrollando, con la sucesión de eones en el tiempo, un nuevo tipo de materia que podía replicarse a sí misma. Esa materia continuó evolucionando y dando lugar a incontables formas diferentes, según el lugar donde tuviesen que reproducirse. La vida empezó en el agua, surgiendo más adelante algunos seres que consiguieron adaptarse a los lugares secos. A esos seres les movían los impulsos de alimentarse y reproducirse. Se fueron diversificando en diferentes especies, hasta que aparecieron algunas con un órgano versátil, flexible, un órgano que se encargaba de buscar la propia supervivencia utilizado activamente el entorno, en lugar de adaptarse pasivamente. De entre esas especies, una llegó a ser consciente de sí misma, los individuos sabían que existían y también que alguna vez dejarían de existir. Al órgano que les permitía manipular el entorno a su antojo lo llamaron cerebro, y a la capacidad de buscar continúamente respuestas a nuevas preguntas que ellos mismos se hacían, inteligencia. Concluyeron por su cuenta que la inteligencia residía en el cerebro. Los individuos de esta especie se organizaron primero en tribus pequeñas, luego en clanes más grandes. Algunos clanes llegaron a dominar a una gran parte de los demás humanos, pues ese era el nombre que la especie se daba a sí misma: Humanidad. Hubo humanos que se creyeron con derecho a adueñarse de todo el planeta, sin excepción, para sus propósitos.

Al poco tiempo de su aparición, los humanos habían reconvertido los primitivos impulsos de supervivencia y reproducción en nuevas formas de deseo, cada vez más complejas, hasta que surgió algo a lo que llamaron poder. El poder permitía que ciertos individuos fuesen considerados por los otros como superiores. Al principio ese poder era el de la sabiduría, los individuos con más conocimientos y experiencia, con algunas facultades de su cerebro un poco mejor desarrolladas que la mayoría de los otros, eran considerados los guías del grupo. Pero los individuos más fuertes cayeron en la cuenta de que con su fuerza bruta podían someter a los sabios y hacer que la influencia de éstos en el resto del clan obrase a su favor. Algunos individuos aunaron las capacidades de fuerza y sabiduría, consiguiendo destacar muy por encima del resto y dejando su recuerdo a los demás humanos durante muchísimas generaciones.

Con el paso del tiempo, que ya podían medir a partir de los giros de su planeta sobre sí mismo y alrededor de la estrella, la humanidad desarrolló formas cada vez más sofisticadas de relaciones entre individuos y clanes. Se dieron a sí mismos normas inventadas por ellos mismos como si esas normas fuesen leyes inmutables del propio Universo.

El universo donde habían aparecido los planetas, y entre los planetas aquél al que la humanidad llamó Tierra, había salido de su soledad y aburrimiento. Podía contemplarse a sí mismo mediante una multitud de ojos, tentáculos, antenas. A través de cada órgano sensorial de cada ser vivo de cada especie en ese planeta, el Universo se autopercibía de forma distinta, construyendo mediante el conjunto de todas esas percepciones un mapa de sí mismo lleno de infinitos matices. Los ojos de una abeja distinguían los colores del ultravioleta, el sonar del murciélago utilizaba el sonido como guía, el olfato de las mariposas alcanzaba límites imposibles para los mamíferos, mientras la vista del halcón podía detectar el movimiento de una pequeña presa a kilómetros. Pero el cerebro humano parecía percibir al propio universo en su grandeza casi completa. Podía ver las estrellas y averiguar qué eran y de qué estaban hechas, podía entender por qué las aves vuelan, comprender la utilidad de un insecto, apreciar la belleza de un paisaje, del canto de un pájaro, el cerebro humano podía incluso crear música. La humanidad tenía una sensibilidad especialmente compleja, rica y acusada, y le estaba aportando al universo la consciencia de su propia existencia.

Pero esa gran riqueza y complejidad del cerebro humano también tenía un lado oscuro. El cerebro de cada vez más individuos estaba interpretando su propia existencia como algo superior al propio Universo. Esos individuos se creían con derecho a apropiarse de todo aquello que pudiesen conseguir, fuera lo que fuese. Llegaron a apropiarse incluso de las vidas de otros humanos. A semejante aberración la llamaron esclavitud. Pero no sabían darle utilidad a todo aquello de lo que se apropiaban. Su único deseo era acumular más y más, dominar a los otros individuos cada vez más y más, hacer lo que quisieran con el mundo que los albergaba, sin tener en cuenta el derecho a habitarlo que el Universo concedió a las demás especies. Inventaron algo llamado dinero, al principio para poder intercambiar todo tipo de cosas con un referente común de su valor, pero a la postre acabó siendo en sí mismo la única cosa a tener en cuenta para algunos, demasiados, individuos. Tomaron el dinero como única representación del valor, haciendo que incluso la supervivencia de la mayor parte de los individuos humanos dependiera de la cantidad de dinero que pudiesen conseguir. Cada vez más humanos tenían menos oportunidades de conseguir suficiente dinero para sobrevivir, porque habían creado un mercado del dinero y, como en todos los mercados, quienes más dinero tenían eran quienes más dinero conseguían.

La humanidad llegó a desarrollar un modo de vida que necesitaba enormes cantidades de materiales y de energía para poderse sostener. Excavaron en las profundidades del planeta en busca de depósitos fósiles de antiguos bosques y materia orgánica, unas veces en forma de lo que llamaron carbón y otras de lo que llamaron petróleo. El carbón y el petróleo eran quemados para conseguir energía con diferentes propósitos, y de esa combustión surgían desechos en forma de gases que ensuciaban la atmósfera y emponzoñaban el aire, reduciendo el oxígeno que el planeta había conseguido formar y mantener a lo largo de tanto tiempo. Algunos humanos lograron romper los átomos de ciertos minerales, al principio para causar destrucción y matar a otros humanos, pero más tarde también para obtener energía. Algunas de las instalaciones que producían energía atómica se estropearon, causando más muerte y destrucción. Hubo individuos humanos que se volvieron contra el propio universo que los había creado.

Llegó un tiempo en el que la principal ocupación de la humanidad era producir desechos, cosas fabricadas por los humanos, ya inservibles para los humanos, y que causaban daño a los humanos, pero también, y en mayor grado, a las demás especies y a todo el planeta. El plástico, principalmente obtenido a partir de derivados del petróleo, era algo que la Tierra no podía degradar durante un invierno, cuando las hojas caídas de los árboles contribuyen a la creación del humus que alimentará las raíces de las plantas. Para degradar algunos plásticos la Tierra tenía que dejar pasar hasta un millar de inviernos. Demasiado tiempo para eliminar un desecho, aún para los estándares del Universo.

El poderoso tropismo del Universo, siempre estimulado por el sustrato del cambio, de la evolución, reaccionó sin inteligencia, sin ningún propósito preconcebido ni planificado, fue algo natural, la consecuencia de llegar a sentirse amenazado en las ricas percepciones que le proporcionaban los seres vivos. El Universo ya podía percibirse a sí mismo de incontables maneras y una única especie en un planeta perdido estaba consiguiendo acabar con los seres que hacían posible esa percepción. Desaparecían especies de la vida a una enorme velocidad, y el planeta que las albergaba estaba a punto de colapsar, quedándose como una roca inerte más entre las muchísimas que ya había. Fue eso lo que hizo que en el planeta de la vida surgiese un elemento especialmente dirigido contra la humanidad. La humanidad sucumbió, no porque no tuviese capacidad para luchar contra ese nuevo elemento, en forma de enfermedad mortal, sino porque no le dió tiempo a vencerlo. En menos de un giro del planeta alrededor de su estrella, la humanidad quedó condenada a la extinción. El Universo nunca ha tenido prisa para nada, ciertamente, pero todo en él sucede como y cuando ha de suceder.

Hay una tendencia en muchos humanos a creerse los seres más especiales y superiores de todo el Universo, pero tal vez la cruda realidad sea que nos estemos convirtiendo en un intento fallido. Y ya sabemos que en la naturaleza de la vida en el universo está el no tener el menor reparo en descartar a los intentos fallidos.