Lenguaje inclusivo
Como aficionado a rejuntar palabras, uno procura estar más o menos al día de lo que se cuece en la sopa idiomática, siendo el denominado lenguaje inclusivo, o no sexista, ingrediente que de un tiempo a esta parte parece sobresalir del puchero. Aunque sus planteamientos puedan parecerte nuevos no lo son en absoluto, pues por tarde que hayan aparecido datan de la primera mitad del siglo XX cuando menos.
Sucede que muchas mujeres, sobre todo lingüistas feministas, parecen estar hasta el moño
de que en el idioma prevalezca el género masculino sobre el femenino. Por ejemplo: si
decimos Todos los habitantes de la ciudad
, se considera que la frase incluye tanto
a las mujeres como a los hombres, aunque lo femenino no sea visible en la misma. Siendo
el lenguaje vehículo de expresión del pensamiento, a través del cual le damos forma al
mundo de las ideas, si excluimos algo del mismo será como si ese algo no existiera. El
feminismo acusa a la lengua de machista, o sexista, y está diciendo que hasta aquí hemos
llegado. Porque al invisibilizar a la mujer en el lenguaje se la está invisibilizando en
todo lo que construimos con el mismo, obteniendo como resultado unas estructuras de
pensamiento que se retroalimentan en masculino, con la consecuencia de que lo femenino no
es tenido en cuenta como debe serlo. Ante esto, la expresión lo que no se nombra no
existe
viene a remarcar la situación lingüística que las mujeres, o el feminismo,
enfrentan.
Pero una cosa es aceptar la necesidad de que el lenguaje sea inclusivo y otra bien
distinta conseguirlo a efectos prácticos. Desde mi mal disimulada ignorancia veo dos
escollos sobresalientes: la economía del lenguaje y su tradición histórica. El más fácil
de sortear —si de mi dependiera— sería el segundo, ya que las tradiciones lo son hasta
que cambian. Podría decirse que fueron tradiciones ajusticiar delincuentes y quemar
brujas en las plazas públicas, al igual que el derecho de pernada, pero todas ellas han
desaparecido, o eso espero, para beneficio de la humanidad. La economía del lenguaje, sin
embargo, necesita casi más temeridad que valor para sortearla. Tampoco es cosa de adoptar
lo primero que nos venga a la cabeza, por comodidad o vagancia intelectual, como pudieran
ser ciertas soluciones
de creatividad negativa tales como la utilización de la
barra, la equis o el signo arroba para obviar el género (niñ/s, niñxs, niñ@s).
Escribir en español de esa impronunciable manera deviene en ofensa y frustración a las
cuerdas vocales, y semejantes engendros deberían tener vedada su pertenencia a eso que
llamamos habla
. Téngase presente que el lenguaje oral precede al escrito.
He decidido mojarme —faltaría más— acometiendo con inconsciente osadía la tarea de
escribir en esta tu web utilizando mi propia versión de lenguaje inclusivo, que
consiste sencillamente en hacerlo lo mejor que puedo, dedicándole muchas lecturas a cada
párrafo y al conjunto de todos ellos, con la secreta esperanza de no pasar por alto
ninguna expresión en masculino genérico allí donde no corresponda. Aunque es mi parecer
que una redacción no sexista depende bastante del contexto. No es lo mismo el lenguaje
de la Administración Pública, dirigido al conjunto de la ciudadanía, que los versos de un
poema. No veo fácil escribir poesía inclusiva —salvo experimentos— porque los versos
nacen de quien escribe, con su género, su sexo y todo lo demás, a cuestas. También se me
antoja difícil (fíjate que no digo imposible
) la novela inclusiva no ocasional
(experimentos aparte), ya que los personajes serán unos masculinos, otros femeninos, y
cada cual pensará y obrará en consecuencia con su sexo y tendencias. Dejo reservado, por
tanto y dejando aparte a las Administraciones Públicas, el lenguaje inclusivo a los
artículos (periodísticos, científicos, divulgativos, etc.), los blogs, algunos ensayos y
a esta web que pergeño, atribuyéndome la potestad de aplicarlo según mi discreción y
buen entendimiento. Bien pudiera ser que estuviese completamente desacertado en estas
apreciaciones, pero errar es humano. Sería mucho más cómodo escribir sin preocuparme por
estas cosas, o no escribir, para evitar el riesgo de mostrarte mis limitaciones y
equivocaciones, pero entonces me divertiría —o nos divertiríamos— menos. Por otra parte,
reconozco que no debería limitarme solo a la expresión escrita, pero por algo hay que
empezar. Uno tiene suficientes años como para haber comenzado su educación académica en
vida del general Franco, así que no me veo capaz de reconducir mi lenguaje oral por un
camino completamente inclusivo. Se hace lo que se puede; pedir más es tontería.
Tal y como están las cosas en estas primeras décadas del siglo XXI, conseguir un texto
cuyo lenguaje no sea sexista no es —no me parece— tarea fácil. La RAE apoya el uso del
masculino como genérico aupándose sobre la tradición lingüística del español, pero la RAE
(por más que pula, fije y dé esplendor) a la hora de la verdad no tendrá otro remedio que
aceptar y acatar lo que hagamos con nuestra lengua quienes la hablamos. De la misma forma
que acepta fuente
como sinónimo de tipografía
, blog
como diario
,
hardware
como equipo
o componentes
, software
como programas
,
etc., tendrá que aceptar aquello que decidamos incorporar, modificar o suprimir, a nuestro
idioma. Así pues, diga lo que diga la Real Academia Española no debería preocuparnos en
absoluto, no mereciendo la pena entrar en discusiones ya que el tiempo se ocupará, como
siempre, de ponerlo todo en su sitio. Preocupémonos de conseguir un lenguaje inclusivo
culto y elegante utilizando ingenio e inventiva, que al final lo bien hecho prevalecerá y
las chapuzas y los errores quedarán en el olvido, pero no lo hagamos de prisa y de
cualquier manera. Si no tienes tiempo para releer y revisar tu artículo, sería preferible
escribirlo a la vieja usanza antes que recurrir a esas formas de falso lenguaje inclusivo,
impronunciables y repetitivas, que se me antojan casi más ofensivas que el propio sexismo
que tratan de combatir.
Quizás sea por mis tendencias ácratas, pero personalmente no reconozco autoridad
alguna sobre mi lengua materna. Dicho esto, hay que distinguir entre corrección
gramatical e imposición lingüística. Que alguien me diga que una frase no es
correcta sintácticamente porque las palabras que la forman no se combinan adecuadamente
para ser bien entendida, es normal y se agradece, pero me cuesta aceptar que la
oración Nadie estaba contenta
sea sintácticamente incorrecta. Y ahí es donde
entra la autoridad, el tan español yo dispongo
, porque D. Ignacio Bosque ha
escrito que dicho enunciado es sintácticamente incorrecto por la razón de estar formulado
en femenino, ya que, según él: no decimos
. Esto es lo que
considero una imposición lingüística y no una corrección gramatical. Con el debido
respeto y reconociendo los testimonios (como diría Quevedo) de nuestros Reales Académicos
(ellas siempre han contado poco), por ese aro me va a ser difícil pasar.
nadie de ellas
Tiene nuestra lengua una palabra que se podría aprovechar mejor, en mi insignificante
opinión, para tratar de avanzar en la construcción de un español inclusivo. Me refiero
al término persona
, que vale tanto para mujeres como para hombres sin discusión al
respecto. Se me ocurre que puede ser utilizada en multitud de circustancias, y en favor
de la economía del lenguaje elidirla allí donde sea posible. Siendo así, se podría
reescribir Todos los habitantes de la ciudad
como Todas las personas habitantes
de la ciudad
, y omitiendo personas
quedaría Todas las habitantes de la
ciudad
. Volviendo sobre el Nadie estaba contenta
, sería posible su
interpretación como Ninguna persona estaba contenta
, por lo que la cuestión ya se
me antoja más de mentalidad que de sintaxis. Supongo que al proponer estas cosas podría
convertirme en objetivo de la Santa Inquisición de la RAE
, aunque uno no junta
méritos para que le dispensen semejante atención.
El lenguaje está vivo y se mueve, siendo meridianamente claro que dicho movimiento
dependerá de hablantes con disposición a llevarlo a cabo. Sinceramente, todavía no me
atrevo a utilizar el término persona
en la forma que yo mismo propongo, pero es
que prefiero ser prudente y esperar, por si acaso a alguien con más testimonios se le
ocurre la misma idea. Mientras tanto, en esta web donde me distraigo procuro tirar de
inventiva y perder el tiempo que haga falta en tratar de conseguir textos no sexistas,
dejándote que opines sobre ello como mejor te venga en gana, ya que no tengo oficio ni
beneficio en estos asuntos, que los trato más por divertimento y ejercicio intelectual de
poca monta que pretendiendo sean tenidos en cuenta. Aunque ahí quedan, para que surtan
los efectos oportunos caso de que así proceda. Honradamente te advierto de que no doy
garantías de uso de lenguaje inclusivo en todas las circunstancias. Ya dije preferir
la antigua usanza a soluciones chapuceras y mencioné mi educación en los tiempos de
Franco, en un colegio sin niñas dirigido por religiosos muy cultos y con excelentes
maestros seglares, pero supeditados al nacionalcatolicismo de la época. Uno se
compromete a poner de su parte reconociendo la dificultad del empeño y confiando en que,
granito a granito de arena, el español del futuro —o el futuro del español— sea
completamente inclusivo, y todas1 contentas.
No he podido evitar acordarme de un pasaje que leí allá por mis años adolescentes en un libro de ciencia ficción. En el mismo, el autor pone de relevancia la dificultad de un idioma verdaderamente no sexista al tiempo que lo describe, todo ello sin descartar una cierta dosis de ironía:
Conviene explicar rápidamente lo que hizo tan difícil el descifrar y comprender el idioma de Eléa. Es que en realidad, no es una lengua, sino dos: la lengua femenina y la masculina, totalmente distintas la una de la otra en su sintaxis como en su vocabulario. Por supuesto, los hombres y las mujeres comprenden una y otra pero los hombres hablan la lengua masculina, que tiene su masculino y su femenino, y las mujeres hablan la lengua femenina, que tiene igualmente su femenino y su masculino. Y en la escritura, es a veces la masculina, otras veces la femenina que se emplean, según la hora o la estación donde se desarrolla la acción, según el color, la temperatura, la agitación o la calma, según sea la montaña o el mar, etc. Y a veces las dos lenguas están mezcladas.
Rene Barjavel, La noche de los tiempos (Presses de la Cité, Francia, 1968), edición en español por Emecé, 1969.
Dejo a tu iniciativa la búsqueda de más información —caso de que la curiosidad te pique— y ni siquiera voy a añadir enlaces, ya que los mismos serían fruto de mi elección, siendo de mayor importancia tu interés que mis recomendaciones.
